Querida Calapa

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Hoy quiero plantear una pregunta a los seres-con-bata: ¿Se puede ser feliz en el momento presente? ¿O por el contrario la felicidad es un estado de ánimo que adoptamos cuando recordamos el pasado y lo felices que fuimos ?

En el viaje por mi laberinto de cristal (si, de cristal) sólo imagino que la felicidad es algo que se fue o que aún no ha llegado. ¿La felicidad es atemporal? Quizá cuando encuentre a Jacobo sepa responderme. Mientras, Calapa probablemente encuentre una respuesta a mi pregunta.

#historiasdeJacobo

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Sobre grietas en la pared…

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Todas las casas tienen alguna grieta. Incluso las viviendas de los seres más ricos. La naturaleza ejerce su acción sobre todas las cosas, es una ley básica.

Toda construcción abandonada a las inclemencias de la vida se deteriora, se agrieta y se derrumba. Casi cómo ocurre con los seres vivos. Al final el tiempo y la naturaleza se alían para borrar toda muestra de lo que una vez fue.

Miro a través de una grieta de un muro caído que me permite ver el otro lado, como en esa fantasía vouyer o morbo inocente que todo el mundo ha tenido alguna vez de querer saber qué pasa al otro lado de la pared. En mi caso, no me interesa para nada el conocimiento de lo que puede estar ocurriendo, sino la imagen de lo que pudo haber pasado detrás de estos trozos de puzzle-pared imaginado mil batallas: discusiones, amores, despedidas, reencuentros, y un millar de circunstancias distintas que incluso se me antojan cómicas.

Resulta curioso que el techo desapareciese hace mucho y yo solo trato de imaginarme fisgoneando por esa grieta-agujero e imaginar qué pudo haber ocurrido y no aquello que pudo haber sido. Que curioso es el lenguaje que se usa de vez en cuando.

¿Dónde me llevará el viento hoy? Aún es temprano para pensar en estas cosas. Ya me preocupare luego de ello. De momento me quedo aquí, recordando sucesos que ni siquiera tengo la certeza de que hubiesen ocurrido.

Buena distracción para el día de hoy.

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Sobre silencios…

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Cae la noche y estoy cansado. Busco refugio allí donde veo cobijo, aunque me dé miedo. No le tengo miedo a la oscuridad, ni a los ruidos. Temo al silencio. Aquel silencio que precede a toda fatalidad. Aquel silencio que precede a respuestas que pretenden ser sinceras cuando realmente son respuestas razonadas.

Sólo se razonan las mentiras.

No me da miedo que el techo se caiga pues sé que aunque esté debajo es el ruido quien mece las chapas que hacen crujir las vigas de maderas enfermas de soledad. Esta noche podré dormir tranquilo.

El ruido me mantiene alerta. El silencio es la antesala de la traición. Hay silencios que se expresan mejor que todas estas palabras.

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Sobre Gran Hermano…

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Hoy el viento me ha parado en mi absurdo peregrinaje hacia ninguna parte en un antiguo laboratorio de gallinas.

No, no me he equivocado. Un laboratorio de gallinas, un ensayo del “gran hermano” para estudiar su comportamiento o al menos eso me parece a mi. Un lugar ahora abandonado donde antaño (desconozco la fecha exacta pero por el estado de las ruinas debe hacer bastante tiempo ya) encerraban a las gallinas y estaban todo el día pendiente de ellas. Le servían la comida, luz incluso por la noche por sí querían continuar despiertas e incluso existían criados que limpiaban sus habitáculos todos los días. Incluso recogían esos huevos que ponían y que se hubiesen pudrido en aquel lugar de no ser por la afable labor de sus cuidadores.

Todo el día sin hacer nada, sólo permanecer allí ensuciando y esperando que la puerta se abriese y entrase alguien de la organización que trajese comida o cambiara las cosas de sitio, para después tener ellas que habituarse a las nuevas condiciones, cual prueba del gran hermano.

Cuando una enfermaba era trasladada para que un médico de gallinas (veterinarios creo que se hacen llamar) las examinase. Ocurría tan solo que no volvía a aparecer por allí, probablemente porque se había ganado una larga estancia en un habitáculo más confortable.

A veces, venían unos señores y tras observarlas a todas nominaban a un grupo de ellas. Todas cacareaban emocionadas. Algunas se irían de allí aunque sabían que casi todas las nominadas tenían más de dos años cursados en aquel loco concurso de gallinas. Inmediatamente subían a un camión y ellas , felices, intuían que iban a ir al plató. Ya estaban cansadas de estar allí pues sólo permanecer a oscuras un par de horas al día era ya para ellas un juego sin gracias y hacia tiempo que no podían poner esos huevos que no sólo ellas echaban en falta. Sus cuidadores ya nunca las mimaban así que suponían que iba a recibir su premio, irían a entrevistas con Gallina Mila y se harían famosas por participar en aquel juego de gallinas.

Al menos eso decían porque ninguna había vuelto a dar una vuelta y contar sus experiencias fuera de aquella universidad de la vida gallinácea.

Desaparecían de sus vidas, como cualquier concursante del gran hermano humano, que una vez abandonado el recinto ya nadie volvía a saber de el.

Al menos eso me contaron aquellas ruinas.

Jacobo&CTorres

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Aquello que siempre fue

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Aquello que fue siempre deja una sombra en la memoria. Una sombra en forma de recuerdo. Una mancha en una esquina en forma de cualquier objeto peculiar. Dos sillas ancladas en las esquinas de una casa en ruina, a cada lado de la antigua chimenea.

El techo tapiza a modo de rompecabezas el suelo y trato de imaginar cómo habrían encajado las piezas en ese techo-suelo que ya no existe. Todo está cubierto de cañas y yeso antiguo que hacían las labores de suelo-techo y que, pensándolo desde la seguridad de la distancia medida en años, me habría asustado pisar.

Todo se ha derrumbado menos los escalones que suben a esa planta que ya no existe y los muros. Todo está sobre el suelo y sin embargo, las mecedoras, testigos de esos actos que yo no concibo ni a imaginar (el momento del derrumbe), permanecen limpias de trozos del techo-suelo.

¿Quizás permanecen allí los antiguos habitantes de la vivienda guardando los enseres que ya no existen?

Al cruzar la puerta, sólo tuve la necesidad para vencer el miedo de dirigirme hacia ellas y pedirles permiso para hacer la foto y explorar los restos que aún quedaban de pie bajo la sensación de esa atenta mirada que me acompañó desde el momento que crucé el umbral de la puerta.

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