Sobre la llegada de Apo a la Isla-Polar.

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Y digo yo…cómo habrán llegado mis libros de poesía a la Isla-Polar? 

Miro al frente, a mí atardecer perenne y subo a la montaña helada de la Isla. La visión es triste pues los campo de cultivos más expuestos al sol se han secado por la luz continúa y los que cultivamos en las laderas ahora oscuras por la sombra del monte están marchitas y quemadas por el frío. Sigo subiendo y me pregunto extrañado quién mantiene la atmósfera ahora que no nos movemos en rotación… (sin duda tendré que resolver esto en cuanto tenga un rato de inspiración). 

Es curioso pero en la cima de la montaña hay un fuego que yo no he encendido. Me estaré volviendo loco o es que no estoy solo? Apresuro mi subida hacia la el pico más alto de la montaña esperando ver al oso polar que tanto tiempo hace que no localizo, a mi encuentro no obstante sale un ser desconocido para mí hasta este momento. 

– permitidme que me presente- me susurra aquel ser de piedra tan alto como lo es mi amigo el oso- soy Apo, dios y señor de la montaña. 

– La montaña no tiene señor salvo la propia Isla -replico casi sin alzar la voz. 

– soy el dios de las montañas y ella me ha llamado al ver que como continúe así la isla, ella misma se enfriará y perderá su esencia. 

Estas palabra me dejan tan atónitos que no sé si salir corriendo o discutir la gravedad  de sus acusaciones. 
– siéntate junto al fuego y déjame plantear una cuestión que, a pesar de su obviedad, te empeñas en no hacerte. Como vas a resolver este laberinto de meteoritos? 

Apo se sienta junto a mí y me acomoda su capa para que no pase frío. La estampa es cuanto no menos que curiosa: el dios inca Apo, dios y señor de la montaña cobijándome bajo su protección. 

Y yo pensando en hadas…

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Sobre el nombre de Jacobo 

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La Isla Polar no se mueve. Permanezco sentado viendo el atardecer eterno pues no acaba de esconderse el sol. Vivo en un pequeño lapso de tiempo que se me antoja en bucle, como aquella película de los 80 llamada El día de la marmota. El atardecer me dejó absorto en una intanstanea. Y aquí me encuentro, en mi mundo, preguntándome si Jacobo es un buen nombre para un pájaro…