Sobre conversaciones…

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Hace algunos meses tuve la suerte de discutir con un ser-raro. Una persona muy peculiar en-el-buen-sentido-de-la-palabra. Su nombre, idéntico al nombre de una pequeña flor, se me antojaba muy bonito. Casi me hizo creer que hablaba con el mismísimo Jacobo!

Con ella tuve la suerte de hablar sobre el tiempo y sus caprichos. A ella me dirigí con las siguientes palabras:

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NOTA: sé que gramaticalmente no está bien escrito pero para no desvirtuar nada de la conversación lo transcribo tal y como sucedió -como bien aprendí en mi tierna infancia a hacer-

La melancolía no es un capricho, sobre todo cuando la juventud parece lejana, no vivida. Si la existencia está sometida a la finitud,-todos morimos- ¿Qué sentido tiene la vida? El tiempo es el gran enemigo de nuestra vida. El tiempo nos engaña. Nos impone, a veces, una barrera insalvable y hace que momentos inconmensurable sean independientes de la intensidad de las circunstancias. El tiempo, ese gran destructor de deseos juveniles, causa de nostalgia de un futuro que siempre aparcamos y que no llega.

Todo es tiempo, y el tiempo, es silencioso. Mi concepción de la existencia esta ligada innegociablemente con Cronos, dios griego del tiempo, padre de Zeus. En ocasiones, la existencia consiste en dejar transcurrir el tiempo, sentarte en tu silla y velar por el transcurso de los acontecimientos. Otras, en hacer cosas para matar el tiempo -cuanto necio trata de vencerle e otra a Zeus- y en otras, la existencia busca la armonía entre las circunstancias, los sentimientos, la percepción temporal de los sentimientos -no siempre coincide la temporalidad con la percepción de ésta- y la intensidad del momento. Que traidora es la vida, pues, a mayor intensidad de los sentimiento, mas corta es la percepción del tiempo. Un beso que dura un minuto y tiene algo de eterno -en nuestros recuerdos- y un error o un despiste cuyas consecuencias nefastas hace que el momento no se acabe.

La percepción del tiempo es caprichosa, la melancolía, una consecuencia innegable de sus caprichos. La nostalgia, anhelo por un futuro que no llega. Me muevo peligrosamente entre la nostalgia y la melancolía. Soy mi peor enemigo y voy de la mano con Cronos

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Los días que se han ido.

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Los días que se han ido. Esos mismos días que se han quedado, de forma inexorable en las tierras de Urđ.

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Creo que Jacobo se ha parado sobre las ramas de Yggdrasil, el fresno perenne. Creo que Verdanđi le ha mostrado el pozo de Urđ y éste se ha quedado mirando su fondo sin encontrar respuestas. Creo que Jacobo se ha quedado a vivir con las Dísir contemplando como Mim guarda celoso las fuentes del conocimiento eterno.

Creo que mi anhelado encuentro queda en manos de Skull, a quien muestro mis respetos. Me toca adentrarme en su reino. Un reino lo suficientemente al norte como para evitar que Fobos me acompañe hasta tan gélidas tierras.

Que intención tenías viajando tan al norte Jacobo? Sé que no entra en tus planes perder un ojo para conseguir con ello la sabiduría eterna!

Escucho en lo más profundo de mis oídos, como un rumor sordo, el sonido de las Valkirias. El mismo sonido que me mantiene inmóvil, que me mantiene alejado de los seres-racionales-superiores.

En uno de mis viajes, creí ver a Jacobo en las ramas de Yggdrasil, pero por más que alargué la mano, sólo conseguí mojarla. Ahora sé que Skull juega conmigo y me mostró sólo un reflejo de aquello que ansío y queda aún muy lejos y para continuar riéndose-de-mi me dejo leer unos textos para tratar con ello de dejarme claro la temporalidad de mi viaje:

Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda, putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!

José Goriezta.

@unrumorsordo
#manuscritocurvo
#historiasdeJacobo

Sobre laberintos redondos.

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Existen laberintos redondos. Son aquellos en los que no encontramos la salida porque alguien nos impide verla y cuando apenas la vislumbramos, nos da media vuelta con su dialéctica y hace que nos confundamos. Creo que Jacobo lo llamaba “efecto halo” y “atractivo” de ciertas personas y circunstancias.

Edward Thorndike fué quien habló por primera vez del efecto halo en su artículo “A Constant Error in Psychological Ratings” en 1920. Por ello deduzco que fue en los últimos días de su vida cuando el joven Jacobo, apenas recién salido de su nido, lo conoció. O al menos eso creo porque ya he mencionado que tengo muchas preguntas guardadas para Jacobo (cuándo y dónde nació, aunque sé que poner fronteras es cosa de humanos como mi admirado maestro dejo bien desarrollado en sus #historiasdeJacobo)

Y a través de este halo, mucha gente manipula a otras. Este halo que a veces se aprovecha de la culpa para provocar laberintos circulares.

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Lo había leído cuando era adolescente pero aún se acordaba de ello. Igual que el halo de una imagen cristiana glorificaba a su portador, él sabía que si lo hacía bien, podría proyectar una imagen de seguridad y fortaleza sobre la demás.
Llegó incluso a dibujar una corona dorada sobre su cabeza en algunas de las fotos en blanco y negro herencia de su madre y propias de la época para recordárlo – había pensado escribir recordárselo, pero Jacobo me enseñó a huir de los pronombres reflexivos- lo cual le supuso un gran problema: su madre, muy devota de numerosos santos -tantos que se pasaba el día rezándole uno a uno y en ello invertía más de la mitad del día- encontró un día una de estas fotos y pensando que su hijo se burlaba de ella y sus creencias le obligó a llevar garbanzos dentro de sus zapatos durante un año. Él, cincuenta años más tarde recordó aquella sensación al verse obligadó a andar descalzo -malditos vagabundos inmorales, lastre de la jerarquía de la calle que no respetaba la principal norma de convivencia: entre vagabundos se respetaban las pertenencias-. Agradeció el entrenamiento a su madre. Podría ser pobre, pero nunca había sido desagradecido.

Y es que a veces, la idea de culpa judeo-cristiana nos empapa de tal manera, que nos impide ver la salida…

#historiasdeJacobo