Sobre el retraso del frío 

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El invierno se retrasa en la Isla Polar y necesitamos que llegue el invierno para poder iniciar el cultivo de patatas. La vida en la Isla Polar es,simplemente, muy bello. Campanita y Jacobo bailan desde muy temprano. La noche pasada sentados alrededor del horno de piedra contaban historias de intrigas y de tramas. Las hadas son buenas narradoras. Como Campanita. Apolo-el-dios-griego-con-nombre-humano contó una historia para explicar la ausencia de frío a estas alturas del año. Por todos es bien conocido las ganas de dramatizar de los dioses visitantes venidos desde la Grecia Clásica. El invierno iba a tardar en llegar: 

Él había recibido el soplo aquella tarde soleada de Diciembre, sonaba el adagio de cuerdas de Barber en la habitación de al lado. Su fuente nunca le había fallado. El delito sería perpetrado en aquel lugar, a la hora señalada y él, podría evitarlo. Sería el héroe de la comisaría. Tenía toda la tarde por delante para prepararse ante la fatalidad inminente. Sus ojos se iban adaptando a la calle a medida que oscurecía. 
En aquel rincón apartado, alguien iba a robar el inicio del invierno aquella misma madrugada. Al fin y al cabo, aún sonaba Barber en sus oídos. 

P.D.  Los seres-racionales-de-bata-blanca o seres-superiores han acabado poniendo nombre a Isla Polar y Luna Margarita. Las llaman Ex190216 y P230115. 
#historiasdeJacobo

Un pequeño cuento…

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Historias del viejo Jacobo. 
Desde pequeño recordaba el mundo como una línea diminuta que se perdía a través de las hojas. Las notas melodiosas de las ramas rozándose entre ellas le transportaban a un mundo de magia que era real en su imaginación. 
Bajo el gran azul, – le susurraba el viento al oído- bajo el gran azul danzarás …
Jamás había podido soñar de día: la creación había robado de sus ojos los párpados y sólo podía soñar de noche, cuando aquel ser amarillo se precipitaba al final de la línea diminuta que se perdía detrás de las hojas y la noche, rellenaba cada hueco entre ellas. 
Lo más parecido a soñar de día había ocurrido algunas semana atrás, siendo aún muy joven, cuando el viento arrancó la rama sobre la que descansaba y lo llevó muy lejos de su árbol. Aquélla fue la primera vez que voló. Y aquella fue la primera vez que pisó la tierra. Y desde allí no podía ver el mundo entre las verdes hojas de su árbol. No alcanzaba a ver el horizonte que tanto le gustaba.
Le costó más de una semana volver al lugar del que el viento le despojó. Una semana arrastrándose sobre la arena seca llena de peligros para él. Sólo podía consolarse mirando hacia arriba y ver la lejana rama de su árbol que había sido el hogar donde nació. Era un precioso y majestuoso roble de hojas verdes y brotes tiernos humedecidos por las mañanas con las gotas de rocio. No había conocido a sus padres, simplemente nació allí, como muchos otros de sus hermanos, pero, a diferencia de ellos, nunca quiso abandonar aquella rama medio desnuda que le vio nacer. Nunca huyó y nunca le tuvo miedo a las aves: aprendió a esconderse de ellas. Se pasaba horas y horas observando como bailaban en el cielo azul, ese gran cielo azul que teñía los espacios entre las hojas. 
Bajo el gran azul, -repetía una y otra vez el viento- bajo el gran azul danzarás 
El frío se presentó sin avisar, el viento se había vestido de un color blanco, muy distinto al amarillo de verano. Alguien había abierto las puertas al otoño. Cada vez resultaba más difícil encontrar tiernos brotes y el rocío de la mañana ya no humedecía sus hojas. El Rocío había dado paso a pequeñas agujas de hielo que salpicaban todas las superficies que le rodeaban.
Notaba como su tiempo estaba llegando. El viento agitaba las ramas y éstas se acicalaban dejando caer sus hojas más viejas que iniciaban el vuelo hacia el suelo. El verde del verano había dejado paso el marrón de la nueva estación.
Aquella mañana el viento parecía estar furioso y agitaba los árboles con mayor insistencia, como quien reclama su tributo. Él se encontraba resguardesido bajo la última hoja de su rama. La primera brisa gélida del día la arrastró en su último viaje hacia el suelo. Aquel iba a ser su segundo y último viaje -pensó. 
De repente, se encontró en el mismo lugar al que prometió no volver. No tenía fuerzas para emprender viaje de regreso hacia su árbol, además, ya no había hojas debajo de las cuales refugiarse de los pájaros que frecuentaban el Roble.
Poco a poco la luz fue desapareciendo a medida que más hojas caían sobre él y solo pudo hacer una única cosa: enrollarse sobre sí mismo y no dejar que el otoño le venciera sin luchar. Aquel había sido su último vuelo. El frío se apoderó del y de repente casi sin darse cuenta notó como su piel se endurecía, se secaba y cayó sumido en un sueño profundo del que temía no volver a regresar. Y la noche venció a su día.
Ya solo había silencio. No había luz y no había calor. Su tiempo había llegado. Quedo allí enterrado en paz y calma. 
El tiempo pasó y el invierno empujó al otoño y la primavera empezó a empujar al invierno. Los rayos de sol empezaron a impregnar la tierra, los árboles, los ríos y la brisa. El viento se coloreó de un tono verde, un verde suave y cálido. Regresaron los brotes y el Rocío humedecía nuevamente las superficies. El suelo estaba lleno de los restos de las hojas que el otoño arrancó de los árboles. Aquellas hojas que habían sellado el suelo y protegido la tierra de las heladas de invierno. Aquellas hojas que ahora eran atravesadas por numerosas plantas que buscaban alzarse en busca del cielo y el Sol. 
¡ Bajo el gran azul- gritaba el viento- alzate y danza conmigo!
Todo lo que ocurrió a continuación, ocurrió de forma tan rápida que casi pasó desapercibida por todos menos por nuestro amigo.
Despertó de forma rápida, apenas sintió el calor sobre su piel. Esa piel oscurecida durante el otoño y el invierno se encontraba dura como un armazón. Aquella armadura le había permitido soportar las inclemencias de ambas estaciones. El primer rayo de sol que atravesó las hojas y le impregno con su vida le despertó de forma sobresaltada pues al romper aquel largo letargo y moverse sintió crujir su piel rígida. Notó como se desprendía de su cuerpo sin apenas dolor, sino una agradable sensación de libertad. El sol inundaba cada rincón de su cuerpo. Ya no era el mismo ser que quedó atrapado bajo las caducas hojas de los Robles. Aquel ser había consumido su tiempo. El viento le susurró al oído:
– acompáñame bajo el gran azul, danza conmigo.
Y se elevó desde el suelo hacia la primera flor del prado. Buscó la hoja sobre la que el viento la había transportado hacia aquella roja amapola y sólo encontró colores. Los suyos.
Su tiempo había llegado. Era el tiempo de las mariposas. Voló hasta su rama. El cielo era amplio y no había ningún motivo para quedarse allí. Sobre las lágrimas de ámbar de la nueva primavera de aquel majestuosos roble quedaron estampadas las huellas de aquella joven mariposa. El mundo ya no era una línea diminuta. El mundo era lo que ella quisiera. 
Desplegó sus alas y dejó que el viento la guiase bajo el gran cielo azul que la rodeaba. La mariposa de las hojas de roble. 
La mariposa que abre las puertas de la primavera. Hasta el final de los tiempos. 
Nuestra mariposa. 

Isla Polar 

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Los globos de helio tiende a subir en nuestra atmósfera. La densidad del elemento que está atrapado entre las paredes de plástico del globo es menor que la densidad de los gases que componen el aire. Ocurriría lo mismo en la Isla Polar? 
El otoño hace algunos meses que entró y el invierno casi ha llegado. El horizonte huele a café, ese café que Dios sostiene entre sus manos y que inunda todos los recuerdos de las tardes de otoño. La gran ventaja de ir a bordo de la Isla es que solo tenemos que andar un poco, rodearla y podemos ver las estrellas. 
Las hadas no han dejado de bailar en sus rincones, las salamandras, hadas del fuego, las medusas, hadas del mar, las sílfides juegan a hacer surcos sobre la superficie del mar de las inuits. El dios Oso nos observa, sus cabellos trasparentes hasta la blancura más exquisita reflejan los rayos de sol, quedándose con partes de ellos para calentarse. (Es curiosos pero aún no hace el suficiente frío para la época del año en la que nos encontramos). 
Seguimos en nuestro camino para buscar a Sedna. La gota de agua que formó el mar de las inuits está llenos de vida pero a veces no me paro a observarlo. No importa el destino. La isla polar gira alrededor de su eje y eso nos mantiene en pie. La isla polar está cubierta de arena formada en este tiempo atrás, las abejas se resguardan del frío en el extremo más sur de la isla donde hace algo más de calor, incluso han nacido nuevas hadas en los jardines de las laderas de la gran montaña. Algún día explicaré de dónde viene las hadas. El aire es puro y el viento pases por la superficie de los ojos, humedeciéndolos. La belleza de la existencia se encuentra frente a nosotros. Los sonidos de las estrellas llegan ya hasta la isla y la calma se establece en ella. 
La isla Polar. La isla que no cesa en descubrirse a sí misma y que nos permite viajar con ella. Nuestro camino es un bonito viaje. 
Esta isla que hace hace poco atravesó el cinturón de asteroides para permitirnos recoger algunas rocas para fabricar nuestro horno. Justo en ese momento comprendí la importancia del movimiento, la importancia de la rotación y el campo gravitatorio que genera, que atrapa nuestro aire y evitó la entrada de trozos de rocas que chocasen contra su cuerpo. Esa misma gravedad y atmósfera que nos regaló un bonito espectáculo de estrellas fugaces. 
Sentarse y observar la belleza del universo, de la fuente donde toda luz y claridad enana. Ese es el regalo de la isla. 

  
La isla Polar.