Un pequeño cuento sobre los habitantes de la isla polar…

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El olor era inconfundible. No le hacía falta abrir los ojos para saber dónde se encontraba. Era la habitación de un hospital, aquella habitación donde había pasado las últimas semanas. Su mano derecha apretaba con fuerza la mano de aquella mujer pálida con aquella extraña sonrisa dibujada en su otro. Aunque hacía casi 20 días desde que empezó y entró en aquel estado no se resistía a que la primera persona que se encontrase cuando abriese sus ojos fuese a él.

Las arrugas de la sábana se marcaban en su rostro haciéndole parecer mayor de lo que en realidad era. Ésas arrugas que ya no le abandonarían el resto de su vida. Serían su penitencia personal, la forma que tendría la vida de recordar los sucesos de aquella noche. Los ojos enrojecidos por la falta de sueño los últimos días, el tabaco que fumaba a escondidas en las escaleras de emergencia del hospital y el exceso de cafeína contribuían a la imagen de hombre desesperado.
Su mano derecha no había soltado en las últimas 12 horas la mano izquierda de su pequeña, pálida, con aquella extraña sonrisa dibujada en su rostro, como la imagen de una mujer en un grabado japonés. Esa sonrisa que le daba fuerzas.

En su mano libre,-la izquierda- aún portaba desde hacía ya más de una semana un trozo de papel en forma de carta que había encontrado junto a ella dirigido a él. Aquellas palabra que una vez leída no podría olvidar el resto de su vida. Su mano le dolía y sus dedos hacia tiempo que había adquirido un aspecto morado por la fuerza con que sujetaba la mano de su pequeña.

Pase lo que pase, nunca te abandonaré-rezaba la carta escrita a mano hacia más de 35 años-. Siempre recordaré la primera vez que te vi y cómo el mundo se paró en nosotros. Sueña conmigo.

Las orquídeas de la mesita de noche habían, extrañamente florecido en esos días y el aire olía a perfume de manzanas. Su color blanco le recordaban el color de su pelo.

Fue, en el preciso instante que sus dedos rígidos por el dolor cedieron al cansancio cuando ella apretó su mano y lo sacó a él de su sueño. Llevaba 20 días inconsciente en un hospital y ella le velaba a él. Su mano era sostenida por su pequeña mientras no dejaba de mirarle.

-Sólo fue un pequeño susto amor. Te desmayaste mientras viajábamos sobre la isla polar y tuvimos que hacer una pequeña parada para que repusieras fuerzas.

Y comprendió que lo más bonito del viaje que aún no había concluido era que ambos se cuidaban entre ellos.

Y aún les quedaba un tercio del camino!

Porque desde que nos acariciamos por primera vez, nos dimos cuenta que nuestras manos ya no volverían a estar vacías…

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