Sobre el herrero que olvidó quien era

Uncategorized

Jacobo ha reunido a todos en la orilla del océano de las inuits. Ha escrito un cuento y sé lo quiere contar a todos. La isla polar ha parado su viaje para escuchar el cuento:

Érase una vez un Herrero que nunca había aceptado a ningún pupilo en su fragua. Su herrería era la más conocida en todo el reino a pesar de que el anciano ya apenas podía sostener el bastón cuando caminaba por la calle en las escasas ocasiones que se le veía fuera de su casa. Pero cuando se encerraba dentro, todo se transformaba pues era capaz de realizar obras descomunales sin ayuda humana alguna.

Aquel día el sol iluminaba de una manera especial. Había una luz tenue anaranjada más propia del amanecer que de medio día cuando el astro se encontraba en su cenit. El viento soplaba raso haciendo chocar entre sí las hierbas más bajas, dejado las copas de los árboles inmaculados como el horizonte de un cuadro Florentino. Las mariposas no se atrevían a posarse sobre las flores pues el viento se lo impedía y jugaban a esconderse entre las hojas de los Robles. El agua estaba inusualmente helada para la hora y la estación en la que se encontraban: verano.

El herrero se encontraba absortó en la puerta que llevaba años forjando cuando sonó la puerta principal. Nadie llamaba a su puerta principal. Sólo podía significar una cosa. Había llegado la hora. Esa misma puerta que él forjaba ya estaba acabada. Llevaba tiempo esperando que su puerta sonara pero no podía creer que este día llegase. Por fin podría saldar sus deudas.

Aquella noche estrellada, una noche como otras muchas, la caldera de la fragua de la herrería se apagó sin que nadie se diese cuenta en el pueblo. Era la primera vez en treinta años que ocurría un hecho así y nadie había sido testigo.

Aprovechando el abrigo de la noche y las estrellas, el joven anciano abrió por primera vez en década la puerta principal de su casa. Esa misma puerta que tenía prohibido abrir hasta recibir la llamada.

– es la hora. He cumplido mi parte. Cumplid ahora la vuestra.

Esas fueron las primeras palabras que el anciano pronució desde que llegó al pueblo.

La noche estaba silenciosa. No se oía el cortejo de los grillos del patio trasero y la puerta de servicio. En el fondo, una estrella empezó un descenso paulatino hacia el camino. Él, la siguió con la mirada hasta que se posó sobre su mano extendida.

Era ella. La misma estrella con forma de hada que él atrapó hacia años en un tarro de cristal.

– ya he aprendido la lección. Devuélveme mi vida.

– aún no has aprendido nada. Sólo has fabricado una puerta.

Se lamentó de sus actos. Nunca se había olvidado de ellos. Deseó no haber atrapado nunca a aquella hada ni haber creído que las hadas pueden tener dueños. Al mirar atrás se ido cuenta que la puerta había desaparecido.

Se armó de valor y empezó la segunda parte de su condena. Recordar quien era. Encendió el candil que había en el borde del camino con el trozo de yesca que se guardó en el bolsillo de su sucio pantalón y empezó su viaje. Ya era muy mayor para este camino y siempre había esperado que su puerta principal sonase cuando él era aún joven y fuerte.

Durante algún tiempo anduvo por caminos secundarios por los que el hada le llevaba. Bebía de los arroyos que encontraba a su paso y comía las frutas que los árboles y los arbustos le regalaban por el camino. Así estuvo siguiendo durante meses al hada en su viaje sin volver a cruzar palabra con ella.

Un domingo cualquiera el hada se paró en la entrada de un pueblecito muy silencioso. Se giró y le dijo:

– no puedo entrar en los terrenos del hombre. Te espero al final del pueblo. No tardes. No podemos bordear hoy este pueblo.

Y desapareció.

El anciano cada vez se encontraba más ágil, Probablemente por el ejercicio que estaba realizando durante el viaje.

Al entrar en la aldea, todo era silencio. El problema era precisamente ese: el silencio. Un niño la salió al paso y rompió el silencio aterrador de aquel pueblo en ruinas y abandonado.

-caballero, tiene usted agua?

El Herrero le dio el poco agua que llevaba.

– no tenéis agua en el pueblo?

– hace muchos años que el arroyo se secó. Mi abuela me ha contado que un día el hada que cuidaba del río, desapareció y aunque volvió, los depósitos de agua se habían estropeado al estar secos. Nadie ha podido jamás repararlos.

El viejo, al oír al joven bajó la mirada, reinició su marcha y se dirigió al extremo del pueblo. Allí le esperaba el hada.

– continuemos-dijo el hada.
– No.

El hada le observo sorprendida.

– No me esperes. Vuelvo a casa.
– No puedes hacer eso. Debes continuar tu viaje.
– no me digas que debo o no debo hacer. He pasado toda mi vida haciendo lo que me pediste. Ya no te escucharé más. No te debo nada. Yo te quité tu libertad y ya he saldado mi deuda contigo. No quiero averiguar quien fui.

El anciano rodeó el pueblo. No quiso volver a entrar. Tras una semana de viaje, regreso a su casa tras años de ausencia. Nada había cambiado. Entró por la puerta principal y la cerro tras de sí. Pero la fragua nunca volvió a encenderse.

Al cabo de un mes, un vecino encontró la puerta principal abierta y se aventuró a entrar. No estaba el anciano. La fragua, el yunque y las herramientas habían desaparecido, como todo el hierro que había. Aquello no parecía ya la herrería que antaño era. El herrero se había marchado y parecía que ya no volvería nunca.

El anciano, la noche anterior, esperó a que su puerta principal sonase.

– pasad sin miedo.

Por su puerta entraron un grupo de jóvenes sorprendidos por la soberbia casa del anciano. Al frente iba el chico que le había pedido agua en el pueblo.

– cargad con la fragua y el hierro. Yo llevare las herramientas y el yunque.

IMG_8261-0.JPG

Y así, todos, casi sin descanso, cargaron con la herrería hasta la aldea silenciosa. El Herrero iba silbando a la cabeza.

Dos años tardaron en arreglar los depósitos, reparar las calderas y reconstruir el pueblo silencioso, aunque ya no era tan silencioso. El rítmico golpe de los martillos marcaban las horas mágicas del día.

Tras los más de 650 días empleados, miró hacia atrás y observó la felicidad de los jóvenes muchachos. El pueblo volvía a tener vida. Sin darse cuenta, había creado durante esos dos años junto a sus casi veinte pupilos voluntarios una ciudad habitable. Aquellos niños se convertirían en los mejores herreros del reino. Aquella noche, volvió a meterse la gastada yesca en el bolsillo, cogió su antiguo candil y con la sensación que la juventud trae a los jóvenes, se dirigió al extremo del bosque

– no busques redención por ayudar a desconocidos, no creas que atravesamos el pueblo como una prueba. Te equivocarías si hicieras eso.

El joven anciano miró a su recién aparecida acompañante.

– Eres una sílfide, no una ninfa del agua. No buscaba redención.

El anciano se sintió algunos años más joven.

Ambos continuaron su angosto camino. Durante algún tiempo volvió a andar por caminos secundarios por los que el hada le llevaba. Volvía a beber de los arroyos que encontraba a su paso y comía las frutas que los árboles y los arbustos le regalaban por el camino. Así estuvo siguiendo durante meses al hada en su viaje sin volver a cruzar palabra con ella. Exactamente como la primera vez.

Un domingo cualquiera se encontraron con un niño que iba sobre un caballo que tiraba de un carro lleno de grano. El caballo cojeaba pues había perdido una herradura. El niño se lamentaba porque veía sufrir al caballo. El herrero se paró de nuevo en el camino, soltó al caballo y lo ató al carro, subió sl niño a sus hombros y le dijo al hada:

– sigue sin mi.

Dicho esto, se dirigió hacia el pueblo silencioso de donde tenía sus herramientas.

Al llegar sólo pudo mirar alrededor y llorar. Sus pupilos habían convertido el pueblo en una fábrica y habían desterrado a las hadas.

-te lo advertí herrero. Los hombres no cambian.

Se encerró en su herrería para hacer la herradura del caballo y en el silencio de la noche, cuando la fragua se apagaba, desapareció llevándose con él la fragua que había dejado y sus herramientas, no sin antes inutilizar las calderas que él mismo había ayudado a arreglar.

En el extremo del pueblo le estaba esperando el hada.

– los hombres no aprendemos. (Se lamentó)

El niño, huérfano desde hacía años a causa de la hambruna que asoló su pueblo el año anterior, pidió al anciano acompañarlo en su viaje y éste, aceptó. Juntos iban arreglando herrajes por los pueblos que pasaban con su fragua portátil. Parecían un abuelo y su hijo. O era más bien un padre y su hijo? Pues cada año que pasaba, el anciano enjuvenecia.

Aquel niño era cada vez más diestro en el manejo de las herramientas y el hierro y el herrero cada vez era más feliz junto a él. Aquel chaval ya adolescente cuidaba del hada que su maestro un día esclavizó.

El chico ya había entrado en la madurez y el que en tiempos fue anciano, se sentía cada vez más joven. Habían decidido no acumular objetos por el simple hecho de acumularlos. Vivían de lo que el hada les proporcionaba. Era un extraño grupo.

Fue a final de primavera cuando llegaron a una gran ciudad, la capital del reino. El herrero llegó a su puerta. Paradójicamente, a medida que viajaba, rejuvenecía. Al encontrarse en la puerta de la ciudad se escucho una voz y trompeta: el príncipe ha vuelto!!!

Y sus súbditos se inclinaron a sus pies. Ya casi no se acordaba. Él fue el príncipe soberbio que capturó al hada madrina de los cuentos.Aquella hada que al romperse el tarro de cristal y huir libre le hizo dejar su reino para redimir su heroica hazaña de atraparla y pedirle un deseo. Aquella hada que le condenó a encontrar su camino en la vida olvidando quien era. Aquella hada que volvería a por él cuando estuviese preparado. Aquella hada que le enseñó los secretos del hierro para que forjase las puerta del mundo mágico de las hadas como castigo.

El viejísimo rey celebró la llegada de su hijo. El heredero de aquel reino que, con sus fábricas de hierro en el pueblo silencioso se había convertido en el reino más rico y poderoso del continente. Y ahora llegaba su heredero convertido en un hombre fornido y famoso: el Herrero más importante del reino.

Aquel Herrero había compartido el secreto del hierro con los hombres tras treinta años sin hacerlo, para ayudarles a reconstruir su aldea y ellos al construir industrias sobre los bosques, habían expulsado de sus tierras a sus hadas. Él se convertiría en el rey Herrero. El rey más poderoso. Forjarían armas, monedas, escudos y armaduras y su reinado se extendería por todas las regiones. Era lo que estaba llamado a hacer, por su pueblo, por su padre, por él. Era su destino.

El joven aprendiz le miró con una mirada de tristeza que el Herrero ignoró. Su maestro no le había enseñado nada parecido al egoísmo. No podía ser así.

Aquel rey aún no coronado sonrió. Y se acordaba quien era y había recuperado la vida que por destino era suya. Entró en su castillo del que apenas se acordaba y fue hacia su habitación. Al día siguiente sería coronado. Su carruaje sería expuesto en un museo, el museo Real. El hijo había vuelto, más joven de lo que se marchó. El rey decretaría un mes de júbilo y fiestas. El príncipe herrero había vuelto.

El día de su coronación llegó. Su joven aprendiz estaba esperando al final de la sala. Lloraba. Ese no era su maestro. Se dió la vuelta y se marchó. Se llevó consigo el carro y la fragua sabiendo que ello supondría seguramente, un delito.

En sus aposentos, el futuro rey Herrero llamo a su hada por última vez. El hada apenas brillaba asustada por aquel ser egoísta que ella había ayudado a forjar. Había fracasado en su camino.

El príncipe se acercó a ella. Se despediría para siempre. Ningún hada puede ser atrapada de forma consciente para ella. Si la intentas tocar, desaparece. Aquel príncipe una vez encontró la forma de retenerla. Cuando se acercó a él para despedirse, sin darse cuenta, de repente se vio dentro de un tarro de cristal similar al que tiempo atrás la mantuvo cautiva. Había vuelto a cazarla, y se apagó.

– hada, ahora me tendrás que escuchar. Una vez te atrapé y me condené al destierro por alejarte de los cuentos de hadas. Me has enseñado el arte de la herrería y por mi culpa los hombres os han desterrado. Os forjé la puerta de vuestro reino en mi último trabajo. Durante 30 años me dediqué a aprender con los duendes el arte de la fragua. Cuando no podía más, ellos me ayudaban. No hablé en 30 años para pagar mi deuda. Caminé contigo otros 10 y por mi culpa los hombres os acabaron de echar de vuestros bosques. Me habéis enseñado a forjar el hierro mágico y ahora puedo forjar armas. Es lo que se espera de mi.

El hada se apagaba cada vez más.

– sólo te pido tres cosas para soltarte y que te marches a tu reino y no vuelvas.

IMG_8259-0.JPG

– el hada, confusa le escuchó.

Las hadas cautivas cumplen lo contrario a lo que se les pide. Aquel herrero debería saberlo

– si quieres la libertad deberás impedirme que sea el herrero que guarda las puertas forjada del reino de las hadas, deberás librarme para siempre de mi aprendiz que se ha marchado y no dejar que me acompañe al reino de las hadas y por último deberás hacer que todo el mundo de mi reino recuerde mis enseñanzas sobre las fraguas y el hierro y nunca se olviden de mi.

Y le guiño el ojo a la vez que ella empezó a brillar.

Al desenroscar el tarro, aquel hada cumplió presurosa el castigo del príncipe. Era el único momento en el que se le permitía s un hada hacer magia en el mundo de los humanos y, al fin y sí cabo, él había decidido la vida que quería llevar.

El reino de las fábricas de hierro olvidó como funcionaban. El bosque recuperó su tierra y las puerta del mundo de las hadas permanecen guardadas por el Herrero y su aprendiz. A ambos se les permitió continuar con su fragua y su carro y visitar el reino de las hadas para reparar las puertas. El herrero había decidido su camino, la historia del joven, bueno…esa es otra historia que quizás algún día cuente.

La vida fabricada para el joven príncipe que capturó el hada madrina de los cuentos no era su vida y por eso pudo capturar al hada. La hada que se acercó demasiado al niño que brillaba como ella.

Ser rey de un mundo que se consume o forjar las puertas mágicas del reino de las hadas? La pregunta es simple.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s