Sobre Jacobo y la Luciérnaga

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La isla de hielo sigue en su lento fluir por las aguas profundas, saladas, frías y cristalinas de algún lugar del norte.

La primavera ya asoma por las tierras donde Jacobo vio amanecer por primera vez. Va empujando lentamente al invierno. Tengo que preguntarle a Jacobo quién guarda las llaves de la primavera? Hace tiempo que las dríades empezaron a susurrar a las plantas la fecha de su floración y las hamadríades (hadas que viven desde que nacen a un árbol en concreto) hicieron lo mismo con sus árboles.

Me encontré un espino blanco florecido en medio de un campo con otros espinos sin florecer. Un espino afortunado de cobijar una ninfa que lo tomó por hogar y en él pasa sus noches, cantándole. Sus flores estaban rodeadas por el polvo de su hada y sus hojas orientadas hacia la voz que les susurra. Eso tiene la primavera. Cada árbol tiene su ritmo. Cada flor, su espacio.

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Me acerqué al río donde se bañan las salamandras (hadas-del-fuego) que tras surcar los cielos en la noche estrellada y caer desde las estrellas, (los seres-racionales-superiores las llaman meteoritos y los seres-humanos-normales estrellas fugaces), enjuagan sus mágicas alas en las aguas del río que tiñen del color dorado con permiso de sus hermanas las Náyades. Ese mismo río que los seres-intelectuales-con-bata-blanca dan por teñido por el color de los minerales y las minas.

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La primavera se acerca. Las dríadas juegan entre las plantas. Las salamandras sacuden sus alas en el agua (sé me olvidaba comentar que los seres-intelectuales las ven como anfibios…sin darse cuenta que estos seres que ellos llaman salamandras sólo son anfibios recubierto por el polvo de las hadas del fuego…). Las Sílfides se entretienen entre las copas de los árboles. La magia de la primavera

Sin embargo falta una de las sílfide que se encuentra con Jacobo.

Hay algunas hadas que renunciaron a su condición mágica y se hicieron humanas. Son aquellas hadas que descienden de las náyades, de las dríades, de las sílfides y de las ninfas de fuego. Y sí, existen.

Jacobo se ha puesto de pie. Podría hacer elegido cualquier forma. Eligió la del Cuervo. El espíritu que guía, el hermano de los cuervos gemelos de Odin. Pero se acaba de levantar en su isla de hielo.

La luciérnaga no vuela. No existe ninguna luciérnaga.

El viaje hasta las aguas del norte ha sido duro. Busca a Sedna. La brisa nórdica ha limpiado el polvo que sus alas acumulaban por la travesía de todos estos años. Mira al cielo. Pensaba que las hadas jugaban con la luciérnaga pero no ha sido exactamente así. Las ninfas acicalaban a la luciérnaga y por ello las estrellas estaban tan atentas. Ella no necesita alas para mantenerse en el cielo. Ella no es una simple luciérnaga. Su travesía particular había endurecido su piel igual que el polvo las alas de Jacobo. Ella es luz y es de colores. Y Jacobo es luz y es de colores. La primavera les alcanzó muy al norte. Sedna les susurra desde la nube de Oord. Venid a buscadme. Y su voz retumba en los oídos de ambos.

Entre las plumas de colores de Jacobo ha aparecido, casi sin darse cuenta una pequeña gota de agua trasparente. Una de las océanides le susurra al oído: esa gota es nuestro reino. Dentro de ella el agua es infinita y millones de inuit nadan dentro de ellas. La ballena que les acompañó se ha transformado en esa gota infinita.

El aire huele extrañamente a café recién hervido.

Y es así como el extraño grupo cambia su destino. Jacobo, Campanita, la sílfide, la océanide, la dríade, la nueva compañera salamandra y las inuits.

Dejad Venus a vuestra espalda -les susurra Sedna- traedme un trozo de mi reino.

Y al pensar en elevarse no son ellos, sino su isla de hielo quien se desancla. Y es cuando la océanide habla: este trozo de vuestro mundo ha decidido irse con vosotros. Al fin y al cabo ya es viejo y quiere ver otros mundos y volver a ser nuevo. Como las palabras comunes y cansadas que de viejas son nuevas.

– Buscad a Sedna y volved de vuelta al principio. Cada día de vuestro viaje.-Estas fueron las palabras que Sila mandó susurrar en los oídos de Jacobo y Campanita-. Ni tú, Jacobo eres un cuervo ni tú, Campanita eres una luciérnaga. Ya iréis brillando por el camino pues el camino a Oord es largo y bonito.

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